29 jun. 2011

Correr o Morir, nos regalan el primer capítulo



A ver que os parece

- Contador de lagos. ¡Yo, de mayor, quiero ser contador de lagos!
La profesora apartó la mirada de la pizarra, donde confecciona­ba una lista con las profesiones que los niños de la clase deseábamos ser de mayores, y la dirigió hasta mi mesa.
—Sí, contador de lagos. Pero solo quiero contar cuántos hay. Yo iré por el monte y, cuando encuentre un lago, miraré cuán profundo es lanzando una piedra en mitad del agua atada a una cuerda, mira­ré cuántos pasos mide de longitud y de anchura. Los ríos que llegan a él, de dónde vienen. Y los que del lago salen, hacia dónde van. Mi­raré si hay peces, o ranas, o renacuajos. Y si el agua está limpia o no.
—Rosa me miró aún con mayor asombro, puesto que no es el traba­jo más común que suelen desear los niños de cinco años, pero yo estaba convencido de ello. Era mi destino.
Entre esto y el hecho de que, durante todas las ascensiones y excur­siones que realicé desde que tengo conciencia, siempre regresaba a casa con al menos una piedra del pico o punto más alto que había­mos alcanzado, una costumbre que todavía hoy conservo —colec­ciono piedras de todas clases y colores: volcánicas del Kilimanjaro y de la Garrotxa, granitos de los Pirineos y de los Alpes, ocres de Ma­rruecos y de la Capadocia, azules del Erciyes, losas del Cerro Pla­ta...—, creo que estaba predestinado a ser geógrafo o alguna profe­sión similar. Predestinado a descubrir las entrañas de la Tierra buscando piedras en todas las cumbres y cuevas, a conocer sus pai­sajes y a desvelar cómo había sido capaz de erigir unas construccio­nes tan complejas como las cordilleras, con sus montañas, los valles, los lagos... Y cómo todo eso, de una u otra manera, funcionaba a la perfección, cual reloj suizo, sin que nada ni nadie, ni siquiera los hombres más poderosos, pudiera detener su ritmo vital.

Creo que aquella fue de las pocas veces que he dicho «yo quiero ser». Siempre he sido más bien una persona de aquellas que dicen «inten­taré...». He sido una persona tímida y siempre he pensado que hay que dejar que transcurra el tiempo, que al final las cosas se pongan en su sitio. Y el tiempo fue colocando mi destino en el lugar que le correspondía.
Mi infancia fue la de un niño normal. Me pasaba el tiempo fuera del colegio jugando alrededor de la casa de mis padres, solo, con mi hermana o con amigos del colegio que venían a pasar alguna tarde. Jugábamos al escondite, a pillarnos, construíamos cabañas y fortale­zas, y transformábamos el entorno en parajes imaginarios de imáge­nes de cómics o películas. Jamás he sido una persona de aquellas que se encierran en su casa y tuve la fortuna de que mis padres vivían en un refugio de montaña, donde mi padre trabajaba de guarda, situa­do a 2.000 metros de altitud, en la vertiente norte de la Cerdaña, entre picos fronterizos con Francia y Andorra. Mi terreno de juego nunca ha sido una calle o un patio, han sido los bosques del Cap del Rec, las pistas de esquí de fondo y las cumbres de la Tossa Plana, la Muga, el puerto de Perafita... Allí fue donde empecé a descubrir el fascinante mundo de la naturaleza.
Al volver del colegio, aún no habíamos dejado las mochillas en el comedor y ya estábamos fuera encaramándonos sobre las rocas o colgados de la rama de un árbol en verano, o brincando por campos cubiertos de nieve con los esquís de fondo en invierno.
Todas las noches, antes de acostarnos y con el pijama puesto, mi hermana, mi madre y yo salíamos a dar un paseo por el bosque a oscuras, sin frontal. Evitábamos los caminos y así, poco a poco, cuando nuestros ojos se adaptaban a la oscuridad y nuestros oídos al silencio, éramos capaces de escuchar cómo respiraba el bosque y de ver el terreno a través de los pies. Tenemos el sentido de la vista sobrevalorado y, cuando carecemos de él, nos sentimos desprotegi­dos e indefensos ante los peligros del mundo. Sin embargo, ¿qué peligro puede esconder un bosque pirenaico por la noche? En reali­dad, los únicos depredadores naturales, lobos y osos, escasean desde hace años. En cuanto a los demás animales, ¿qué peligro puede su­poner cruzarse con un zorro o una liebre para un animal diez o quince veces mayor? ¿Y los árboles? Con el oído aprendes a escuchar cómo el viento mece sus hojas y así los puedes ver. ¿Y el terreno? Los pies nos indican si hay ramas, hierba, barro o agua. Si sube o baja, o si de repente viene un desnivel.

Y así fueron pasando rápidamente los años, entre juegos alrededor del refugio y excursiones los fines de semana y durante las vacacio­nes. Siempre que gozábamos de dos o más días los aprovechábamos para ir a explorar un monte nuevo. Cuando ya andábamos, empeza­mos a subir las montañas que nos quedaban más cerca, los picos próximos al refugio. Y progresivamente fuimos buscando nuevas aventuras más lejos. Con tres años había coronado ya la Tossa Plana, el Perafita y la Muga. Y en cuanto a las cumbres del Aneto, con seis años hice mi primer cuatro mil, y con diez, completamos la travesía de los Pirineos en cuarenta y dos días... Pero jamás hacíamos estas excursiones siguiendo los pasos de nuestros padres. Cierto que eran ellos quienes nos llevaban hasta la cima y nos guiaban, pero éramos nosotros los que debíamos descubrir el camino, buscar las señales y entender por qué el camino transcurría por aquí y no por allí. No éramos simples observadores de lo que ocurría en nuestro entorno, sino que el monte adquiría un significado más amplio que el de te­rreno de ocio. Era un terreno con vida, que debíamos conocer para poder desenvolvernos por él con seguridad, para poder interpretar y prever sus peligros. En fin, teníamos que adaptarnos al terreno en el que habíamos nacido. Y así fue como nuestros padres nos enseña­ron a amar la montaña: haciendo que nos sintiéramos parte de ella. Porque en el fondo una montaña es como una persona: para amarla, primero hay que conocerla, y una vez conocida, puedes saber cuán­do está enfadada y cuándo contenta, cómo tratarla, cómo jugar con ella, cómo cuidarla cuando le hacen daño, cuándo es mejor no mo­lestarla..., pero la diferencia con cualquier persona es que la monta­ña, la naturaleza, la tierra, es inmensamente mayor que tú. No hay que olvidar nunca que tú solamente eres un pequeño punto, un puntito en el espacio, en el infinito, y que es ella quien decide en cualquier instante si quiere borrar o no este punto.

Con ocho años hice una excursión que se me ha quedado grabada en la memoria y que a menudo recuerdo mientras corro.
Llegamos a La Coruña. El tren se apeó y salimos fuera. El tiem­po era fresco y, pese a que no llovía, parecía que en cualquier mo­mento empezarían a caer las primeras gotas. Sacamos las bicicletas y nos pusimos a pedalear. Yo llevaba la bicicleta de montaña de mi madre. Era bastante nueva y, aunque los pies apenas me llegaban a los pedales, no me despegaba de la bicicleta, debido a sus decoracio­nes de todos los colores que envolvían los radios de ambas ruedas. Mi hermana contaba siete años y su bicicleta la había acompañado los últimos tres años de su vida, y aunque la bicicleta se encontraba en perfecto estado, ella había crecido durante aquellos años y tenía que pedalear muy deprisa para poder seguir la marcha. Mi madre, que tenía algunos años más, montaba una antigua bicicleta Peugeot de carretera con los cambios en el cuadro, y encima de la rueda trasera llevaba atada una gran mochilla con todo lo necesario para pasar los tres una semana pedaleando y durmiendo por Galicia.
Salimos en dirección sur y sin muchos problemas fuimos avan­zando con una más que aceptable coordinación de ritmos. Yo iba el primero con la enorme bicicleta, mi hermana me seguía haciendo más pedaleos que un remero en una galera, y mi madre andaba arri­ba y abajo para controlar que los dos fuéramos bien.
Con la niebla meona que nos dejaba empapados todo el día lle­gamos a Santiago de Compostela. Y en uno de los descansos que hacíamos, mirando un antiguo mapa de carreteras Michelin, mi madre me dijo:
—Kilian, debes seguir esta línea —señalando la línea blanca junto a la carretera— y no abandonarla en ningún cruce, ya que te encontrarás una carretera que seguirá hacia la derecha, ¿entendido?
Lo había comprendido perfectamente y me puse a pedalear concentrado en la línea blanca con trozos discontinuos de la carre­tera, mientras mi madre me seguía desde lejos con mi hermana. Empezaron a llegar los cruces, los coches me adelantaban por la de­recha y por la izquierda, y los autocares y los camiones me pitaban y abroncaban. Pero yo seguía fielmente las indicaciones y me concen­traba en no abandonar la línea. De repente vi a mi madre corriendo con la bicicleta en la mano en el extremo izquierdo de la calzada. Gritaba fuerte para que me apartara del medio de la carretera:
—¡Kilian! Pero ¿qué haces? ¡Sal del medio de la autovía!
Por alguna de las coincidencias del momento, al pintar las carre­teras la línea que estaba siguiendo me conducía directamente al se­gundo carril de la autovía que entraba a Santiago. Y yo, convencido de las palabras de mi madre, no la abandoné ni un centímetro. Me aparté hacia donde estaba mi madre, que, sudando por el esfuerzo, me abrazó y después arregló la rueda que había pinchado en mi persecución.

Los tres siguientes días fueron una dura batalla contra el viento del norte que soplaba. Íbamos siguiendo los sinuosos trazados de las carreteras de la costa y el viento nos empujaba con fuerza hacia atrás. Mi hermana pasaba apuros para subir con su bicicleta pequeña y mi madre nos controlaba al mismo tiempo a mí, que me lanzaba a toda velocidad, y a ella. Pese a todo, una tarde de nubes finas y aire fresco llegamos al cabo de Finisterre y fuimos testigos de un precioso cre­púsculo en el horizonte, sobre el mar.
Lo que no habíamos pensado muy bien es que, una vez el sol se pone, la luz desaparece. Como siempre, nos pusimos en marcha para desandar el camino, y yo solo tenía en la cabeza algo que me había dicho mi madre: «Apéate en el camping de las puertas verdes con dos banderas delante. Yo vendré con Naila».
Me puse a pedalear y, con todo lo que daban de sí mis piernas, empecé a hacer kilómetros y más kilómetros. A mi derecha empeza­ron a ocultarse las playas y aparecer el monte. «Qué raro, creía que el camping estaba más cerca», iba pensando a medida que la noche se tornaba más negra y la carretera se empinaba cada vez más. Lle­gué al puerto y empecé a descender hacia el otro lado. Frente a mí y a mano derecha no se veía ninguna luz ni indicio de que existiera un camping más adelante. De repente, después de una curva, vi cómo me adelantaba un coche rojo y se detenía delante de mí. De la puer­ta del conductor bajó un hombre bajo y redondo que no paraba de reír. Al poco, de la otra puerta salió mi madre, todavía con los zapa­tos de ir en bicicleta.
—¿Es que no has visto el camping? —me riñó.
—Mmm..., no, no estaba. He visto playas y después montañas —dije, pensando en todo lo que había visto desde que había empe­zado a pedalear.
—¿Y a la izquierda? —me dijo mirándome atónita.
Me sentí estúpido. Había un cincuenta por ciento de posibilida­des de que el camping estuviera en el lado izquierdo de la carretera, pero yo en ningún momento lo consideré. Sonreí, riéndome de mí mismo, y subí al coche con el propietario del camping, que nos con­dujo hasta la tienda donde mi hermana nos estaba preparando la cena.
Al día siguiente nos levantamos temprano para llegar a La Co­ruña aquella misma tarde, ya que debíamos coger el tren de regreso a Puigcerdà el día siguiente a primera hora. En esta ocasión salimos todos juntos para evitar más incidentes, pero en la última rampa antes de llegar a la ciudad, la bicicleta de mi madre dijo «basta», que ya había vivido muchas batallas, y la cadena y los cambios se blo­quearon. Como entre los más de veinte kilos que llevaba en la mo­chilla no habíamos previsto nada para reparar las bicicletas, tuvimos que acudir a una pequeña tienda del pueblo más cercano a comprar aceite.
Después de hacer muchas pruebas y mover todo lo que podía­mos mover con las manos, logramos desbloquear la cadena, pero la bicicleta se quedó con el piñón fijo. Como mi madre, para bajar, no podía poner los pies en los pedales, si no quería que sus piernas pa­recieran una lavadora haciendo un programa de secado exprés, se puso delante con las piernas encima del manillar y nosotros detrás para vigilar que no ocurriera ningún incidente.
Pasamos aquella noche en un hostal en el centro de la ciudad y a la mañana siguiente salimos muy temprano a buscar el tren. En el viaje de ida habíamos tenido problemas para llevar las bicicletas, y por eso esta vez fuimos previsores y las empaquetamos en el hotel. No teníamos funda ni cartones y las tuvimos que meter dentro de los sacos de dormir. Este sistema tan estudiado tenía el único pro­blema de transportar las bicicletas hasta la estación, ya que mi her­mana y yo éramos incapaces de levantar aquellos bultos que eran más grandes que nosotros. El sistema que pensamos fue el siguiente: yo iba con mi madre con una bicicleta hasta la mitad del trayecto y me quedaba esperando con el paquete. Ella iba a por la otra bicicle­ta y con dos viajes regresaba con la bicicleta y con Naila. Y así otra vez desde el centro hasta la estación.
Mi bondad y la de mi hermana nos privaron de ganarnos nues­tro primer sueldo. La gente, al pasar por nuestro lado y ver a un niño o una niña solos, con expresión cansada después de días de esfuerzo y con la ropa sucia de las cadenas de las bicicletas, sentados junto a un gran saco de dormir, abría su corazón y nos ofrecía dinero para comer. Nosotros mirábamos a los transeúntes con asombro, sin en­tender qué les hacía pensar que estábamos tan delgados, si pocas horas antes habíamos desayunado, y naturalmente rehusábamos su dinero.
Al final llegamos los tres a la estación de tren, donde, por orden del revisor, tuvimos que sacar las bicicletas de los sacos de dormir y permanecer en la zona de puertas, mientras íbamos moviendo las bicicletas de derecha a izquierda para que los pasajeros pudieran entrar y salir del tren en cada estación, hasta que al cabo de unas horas una azafata se compadeció de nosotros y nos ofreció la sala donde guardaban el material del tren para dejar las bicicletas, y así pudimos dormir hasta llegar de nuevo a casa.
Y las excursiones pasaron de juego a actividades y de actividades a deporte. Y la competición llegó con el ingreso al instituto, ya que me inscribí en el Centro de Tecnificación de Esquí de Montaña para sacar toda la energía que albergaba dentro. Y empezaron los entre­namientos, las carreras arriba y abajo; primero a lo largo y ancho de los Pirineos y, luego, por toda Europa. Llegaron los primeros resul­tados y, con ellos, las ganas de mejorar. Con la ayuda de Maite Her­nández, Jordi Canals y todo el equipo del Centro de Tecnificación, sin olvidarme de mi madre, que me llevaba de aquí para allá para poder entrenarme por la mañana antes de entrar al instituto, pare­cía que mi carrera iba lanzada y que los mayores éxitos estaban aún por llegar, pese a ganarlo todo en categorías inferiores.
Sin embargo, la vida siempre nos pone obstáculos: el 22 de diciem­bre de 2006, justo el día siguiente de haber ganado por vez primera a mi referente, Agustí Roc, volviendo a casa desde la autoescuela, al saltar de una calle a otra como había hecho en tantas ocasiones, mis pies no pudieron coordinarse y me caí al suelo con un gran impacto. Sentí un fuerte dolor en la rodilla izquierda y en la mano derecha.Llegué a casa como pude y me senté en el sofá esperando que la inflamación bajase y el dolor remitiera. Lejos de eso, ya de madru­gada, mi rodilla estaba tan hinchada que, pese a mis reticencias, me llevaron al hospital.
—Te has roto la rótula de la rodilla y el metatarso de la mano —me informó la doctora, mientras el mundo se me desmoronaba al escuchar estas palabras—. Lo mejor es operarte cuanto antes y po­nerte un cerclaje. Esperemos que quede perfecto.
La decisión se antojaba dura y yo en aquellos momentos era incapaz de pensar con claridad. Me encontraba en el mejor estadio de mi corta carrera deportiva y con solo dieciocho años no intuía ninguna salida posible. ¿Mi carrera había terminado? ¿Me iba a re­cuperar de aquella lesión? Seguramente podría volver a practicar deporte, pero ¿podría recuperar el nivel que con tanto esfuerzo ha­bía alcanzado? Quería saberlo, y cuanto antes. En mi cabeza no ca­bía pasarme un año sin competir, sin entrenarme y sin practicar deporte. ¿Qué iba a hacer? Mi mente andaba muy ocupada plan­teándose preguntas y buscando sus respuestas mientras me coloca­ban un cerclaje alrededor de la rótula.
Debía buscar otras soluciones. En el caso de que no pudiera vol­ver a la competición al más alto nivel, tenía que buscar otras moti­vaciones y objetivos por los que luchar. De ese modo, dediqué los tres meses que pasé con la pierna escayolada a encontrar toda la in­formación posible acerca del esquí de montaña. Busqué estudios y tests de técnica que se habían realizado en esquí de fondo para su aplicación a mi deporte. En libros de psicología busqué cómo mejo­rar tácticamente. Me pasaba las noches frente al ordenador nave­gando entre páginas web de fisiología y estrategia deportiva con el fin de profundizar en el conocimiento de mi cuerpo, sorteando las noches en vela con demasiadas preguntas sin respuesta.
En marzo acudí al hospital para que me quitaran la escayola. Tuve una enorme decepción al ver por primera vez mi pierna al cabo de tanto tiempo. ¡No, no, aquella no era mi pierna! ¡No era posible! Mi pierna era muy musculosa y fuerte. ¡No era posible que aquel pedazo de alambre peludo fuera mío! ¡Dios mío! ¡Entonces sí lo vi negro! Busqué consuelo en pensar que por lo menos, gracias a los conocimientos adquiridos durante aquellos tres meses de inves­tigación intensiva sobre el deporte, podría seguir de un modo u otro vinculado al deporte.
Las primeras sesiones con el fisioterapeuta fueron terribles. Era incapaz de doblar la pierna sin la electroestimulación; era incapaz de sostenerme de pie sin la ayuda de una muleta. ¿Cómo iba a correr de nuevo si no podía sostenerme de pie? Sin embargo, poco a poco, fui mejorando y la pierna empezó a ganar grosor. Una semana des­pués ya era capaz de sostenerme de pie sin ayudarme del bastón, y si me sostenía de pie quería decir que también podía hacerlo encima de unos esquís, ¿no? Lo probé. Me dirigí a las pistas de esquí y me puse las botas por primera vez en los últimos cuatro meses. Pensaba que seguramente a los médicos no les haría ninguna gracia que es­quiara, pero al fin y al cabo solo estaba de pie, y las botas me sujeta­ban el pie. Era lo mismo que encerrarme en casa y hacer ejercicios de gimnasia... Empecé a subir por las pistas y, pese a mi patético es­tado de forma, me di cuenta de que podía hacerlo, de que podía volver a ser quien era, y sentí cómo por mis venas empezaba a circu­lar la adrenalina. Alcancé la cima de las pistas con la excitación de quien acaba de vencer en la prueba reina de los Juegos Olímpicos. Me puse a cantar, a bailar y a gritar sintiéndome el único habitante de este mundo. Con todo, después de tanto tiempo sin realizar es­fuerzos, la destrucción de neuronas debía de haber sido bastante alta. Y después de la subida de adrenalina, la conciencia volvió a su lugar y la pregunta básica tomó cuerpo: «¿Cómo diablos voy a ba­jar?».
La excitación al ver que podía volver a esquiar me había impe­dido plantearme que después del ascenso me aguardaba, evidente­mente, el descenso. Empecé a bajar a caballo de un amigo que me ofreció su espalda para soportar mi peso. A medio camino nos di­mos cuenta de que no era la mejor solución y proseguí el descenso con una sola pierna, la buena, y la pierna mala doblada para evitar su roce con el suelo.
A partir de aquí me marqué un único objetivo: convencer a los médicos y fisioterapeutas para poder empezar a entrenarme. El principio fue duro; cuando con una sonrisa de oreja a oreja le conté a la doctora que había ido a esquiar y que no me había ido del todo mal, la respuesta fue clara y contundente:
—¡Vuelvo a escayolarte!
—¡No, no, no, por favor! Haré lo que sea necesario. Gimnasio, piscina, fisio..., pero escayola no, ¡por favor!
Cuando comprobé que la vía médica estaba completamente obstaculizada, me centré en mi fisioterapeuta. Me dijo que cuando doblara la pierna noventa grados podría ponerme con la bicicleta estática y, mientras tanto, podía ir a la piscina para andar bajo el agua. A partir de entonces empecé a hacer todo lo posible para do­blar la pierna: me sentaba encima para presionarla, me colgaba pe­sas cada vez mayores para que la articulación fuera ganando en mo­vilidad, y, poco a poco, avancé algunos grados. En cuanto a la piscina, fui un día, pero vi que andar bajo el agua y dar vueltas en una balsa rodeado de jubilados no era lo más divertido del mundo, así que llegué a la conclusión de que era posible reinterpretar las palabras del fisioterapeuta: él me había hablado de andar bajo el agua. Al fin y al cabo, la piscina es agua, y agua y nieve vienen a ser lo mismo, solo cambia su estado... ¿Qué culpa tenía yo de que la física fuera tan caprichosa? Así que me puse a andar, con los esquís en los pies y sobre la nieve, hasta lograr tres semanas después los ansiados no­venta grados, y luego me senté ya sobre una bicicleta estática. La primera sesión no salió del todo mal, y el fisioterapeuta me comen­tó que podía ir al gimnasio de Puigcerdà a someterme a sesiones de bicicleta estática.
Acudí al gimnasio, cierto, y aguanté quince minutos sobre la bicicleta mirando los videoclips de la pantalla de televisión que te­nía enfrente, pero llegué a la conclusión de que, en el fondo, noven­ta grados son noventa grados en una bici estática y también en una bici de carretera. Miré por la ventana, daba el sol y la temperatura era buena. Me fui a casa, cogí la bicicleta y salí a dar una vuelta: un puerto, otro puerto, y así empecé a alternar las salidas con esquís y las de bicicleta. En el fondo yo hice todo lo que me dijeron: andar con agua e ir en bicicleta; aunque por si acaso era mejor no especi­ficar las circunstancias si no era necesario. El problema llegó cuando la doctora vio las clasificaciones del Campeonato de Cataluña de Esquí de Montaña.
—Es que como estaba al lado de casa..., me acerqué para ver el ambiente y como el año pasado me fue bien, resulta que tenían un dorsal para mí, y yo no sé decir que no y no pude oponerme. Salí con tranquilidad, sin intención de completar la carrera, pero es que era más fácil terminarla que tener que subir hasta allí en coche, por­que las carreteras son muy malas. Pero solo bajé con una pierna, ¿eh? Tuve mucho cuidado y no la forcé mucho... —le respondí con la cabeza gacha pero insinuando una sonrisa que me delataba.
—Bueno, de todos modos, como no hay nada que hacer —con­tinuó—, por lo menos ve con cuidado de no caerte hasta que te quitemos los hierros de la rodilla.
Y con carta blanca empecé a entrenarme como un condenado y poco a poco fui recuperando el nivel que tenía antes de la desgracia­da caída, e incluso lo superé.
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